PARA EL DIA MARTES
Xenofobia contra Bolivianos
La
muerte absurda de MARCELINA MENESES y su hijo JOSUA TORREZ de 10 meses de edad,
debe
ser un causa que abracemos todos los bolivianos y la gente de bien que lucha
por una
sociedad
justa en la Argentina.
Ellos
murieron al ser arrojados de una formación ferroviaria en las proximidades de
la estación de
Avellaneda,
Provincia de Buenos Aires. Hasta el
momento hay un sólo testigo que se presentó a declarar. Él dice haber
presenciado los insultos racistas que terminaron con un empujón criminal.
También asegura que la empresa Ferrocarriles Metropolitanos intentó sobornarlo.
En la
causa, Ferrocarriles Metropolitanos niega todo y es más, asegura que la
Marcelina no viajaba
en el
tren.
He aquí
la versión de los hechos según Julio César Giménez, el único testigo valiente
que se atreve a dar la cara. Rodeado de bolivianos, contó por primera vez su
versión en público, que
transcribimos
a continuación. Julio asegura que la
mujer fue empujada del tren en movimiento por un obrero después de que varios
pasajeros la agredieron con insultos xenófobos.
“La
empresa envió a dos personas a ofrecerme dinero para que cambiara mi
declaración”. Usaron
el
mismo argumento que otro usó ese día en el tren: que los bolivianos les sacan
el trabajo a los argentinos”.
Recordemos
que Julio César Giménez es usuario habitual del tren y se desempeña como
empleado de una cooperativa. El mismo fue
contactado por la familia de Marcelina a través de los
carteles
que se pegaron en todas las estaciones del Ramal Roca, en busca de testigos presenciales de lo que pasó el 10 de enero del
2001. Consultada por Página/12, la
empresa desmintió a Giménez: negó el presunto soborno y aseguró que Meneses
murió al ser rozada por el tren cuando caminaba con su hijo junto a las vías
del Roca, entre las estaciones de Avellaneda y Gerli. Lo cierto es que si Froilán Torres y su
hermana Reyna, el marido y la cuñada de Marcelina, no hubieran hecho esos
volantes con su foto, este hecho hubiera pasado a la historia como un accidente
más. Sin embargo y como verán mas adelante esto es parte de un asesinato
xenófobo en contra de una ciudadana boliviana.
Los hermanos Torres, a partir de la desconfianza que impone su propia
condición de migrantes en este país, buscaron obsesivamente y por su cuenta
a
alguno de los pasajeros que la mañana del 10 de enero estaban en el vagón al
que la mujer
subió
con su hijo Josuá, de diez meses. Ellos
tenían un turno con un médico del hospital
Finochietto
de Avellaneda. “Alguno tenía que haber visto” -dice Froilán-. “Y aunque los de
la
empresa
sacaban los carteles y me dijeron que no tenía permiso, los pegamos igual en
los árboles”. Julio Giménez, es un
hombre campechano, de 42 años. Trabajador de una cooperativa de empleados legislativos,
y a cargo de una asociación civil que coordina un comedor para chicos pobres y una
biblioteca en Ezpeleta.
El dice
que ya había decidido declarar. “Lo hablé mucho con mi señora, que es hija de
bolivianos,
y
cuando vi el teléfono que dejaron los llamé”.
Lo que Giménez contó cambió el curso de las
cosas.
Según su relato, Marcelina subió alrededor de las 9.05 horas en la estación de
Espeleta.
Ella se
quedó parada, con el bebé en la espalda, y cargada de bolsos, a metros de la
puerta que da al espacio que hay entre vagones.
Cuando se acercaban a la estación Avellaneda, antes de la curva que pasa frente al estadio
de Independiente, ella se acomodó para enfilar a la salida del tren y en ese
movimiento rozó con los bolsos, el hombro de un pasajero de unos 65 años, de
saco marrón, que le gritó: “¡Boliviana de mierda! ¡No mirás cuando caminás!”.
La mujer calló.
Giménez
intervino: “Che, tengan más cuidado, es una señora con un bebé”. En ese
instante intervino un segundo pasajero: “Qué defendés vos, si estos bolivianos
son los que nos vienen
a
quitar trabajo. Igual que los paraguayos y los peruanos”. Giménez siguió discutiendo. “Pará la mano
hermano, que eso es lo que venden los políticos. Somos todos latinoamericanos”, opinó. Y le
gritaron:
“¿Vos
qué sos? ¿Antipatria?”.
Según
Giménez, desde el fondo apareció un guardia de los que custodian las
formaciones. Ya
se había
formado la fila de pasajeros para bajar del tren. El uniformado avanzó hasta
que escuchó
que la
discusión y los insultos xenófobos. “¡Uh!
¡Otra vez estos bolivianos haciendo quilombo!
¡Me
tienen podrido. ¡Yo me las tomo!”,
dijo.
“Fue
una cosa de segundos”. Se había sumado otra gente. Hubo más insultos y escucho
que
uno que
estaba de ropa de grafa le dice a un compañero: “¡Uy, Daniel, la puta que te
parió, la
empujaste!”.
El
testigo asegura que entonces el tren se detuvo.
Él regresó caminando cien metros hacia el lugar en el que quedaron el
cuerpo de Meneses y de Josua. “La
empresa y la policía tomó intervención en el acto. Los que llegaron media hora
larga después fueron los bomberos. Yo le dije a un policía de la Federal que
había visto lo que pasó pero él me echó detrás de la valla”, asegura.
Esto
último no es un dato aislado. Desde el comienzo, la empresa TMR sostuvo que
Meneses
fue
atropellada cuando caminaba. Y consultado por Página/12, el fiscal Andrés
Devoto, que investiga el supuesto homicidio, aseguró que en la causa las
actuaciones policiales indican que el
cuerpo
no fue hallado enseguida, como sostiene Giménez. Pero el testigo asegura que fue justamente la
visión de los cuerpos de Marcelina y Josua lo que lo dejó perplejo: “Todavía
ese día le dije a un pasajero, mirá hermano, la mano todavía se le mueve”.
Según el testigo, dos días después de la denuncia en la comisaría 1ª de
Avellaneda, de la misma seccional lo llamaron para preguntarle cómo llegar a su
casa. Al día siguiente lo visitaron dos
hombres que se identificaron como de TMR. “A vos te haría falta un autito”,
dice que le dijeron. “Veo que tenés un asociación civil, vos sabés que
Ferrocarriles hace donaciones...”, fue otra de las sugerencias.
“Vos
sabés que TMR da trabajo a mucha gente. En cambio los bolivianos le quitan el
trabajo a los
argentinos,
a vos, a tu viejo, a todos”, habría sido el último argumento
TOMADO DEL DIARIO EL CLARIN, AÑO 2007